¡Resiste!

Esta es una de las pocas fotos que tengo con Mi papá. Al lado (y un poco cortada)  mi abuela y abajo mi hermana giannina. 

A mi papá

Día del Padre. No te preocupes. Buscaré la forma de saludarte sin aparecer. Buscaré la forma de esquivar esos momentos protocolares, que creo, te cuesta tanto enfrentar.

Cecilia Niezen

Publicado: 2016-06-18

Feliz día papá, aunque sé que este día y las ‘fechas especiales’, no te importan mucho. Seguramente estás pensando cómo harás mañana que es Día del Padre, con el tiempo que nunca te alcanza, porque te llamarán y visitarán tus hijos, es decir, mis hermanos, y tu chamba nunca termina. No te preocupes. De mi lado, buscaré la forma de saludarte sin aparecer. Buscaré la forma de esquivar esos momentos protocolares que creo, te cuesta tanto enfrentar. Ya siento estrés de mañana. Esa fecha (falsa para mí) que ya se empieza a sentir con la bulla de las calles. Pero yo no quiero incomodarte, papá. Y no es porque no te quiera. Sucede que soy igual que tú. Darnos un abrazo, que en realidad llega a ser semi-abrazo, es incómodo, porque expresar nuestros afectos no es nuestro fuerte. Por eso huyo hasta hoy de quien me abraza fuerte, pero tengo otra manera de querer. La que tú me enseñaste. No sé si es la mejor… simplemente es. Y si tuviera que definirla, diría que se basa en hechos. En lo que pudiste hacer por mí y punto. Ni eres el padre perfecto ni soy yo la hija soñada.

Estuviste ausente en momentos importantes de mi vida como tal vez yo de los tuyos, pero estoy segura que me quisiste desde que escuchaste el primer latido de mi corazón. Apuesto que no soltaste una lágrima aunque tu corazón haya estado tan acelerado como el mío. Apuesto que tu parquedad y sentido de responsabilidad te llevó a pensar en lo que venía: reordenar la economía para la llegada de tu cuarta hija.  

Cecilia Marissa. La que llegó con las piernas por corregir, y a quien tú le diste las mejores porras de su vida. Sí, tal vez no lo recuerdes, pero me dijiste que aunque lleve esos fierros en las piernas y zapatos especiales por un tiempo, podría ser, si yo quisiera, incluso deportista. Para mí eso era imposible. Caminar con fierros fue todo un desafío a mis días de infancia. Pero aprendí a tener correa, a sortear las chapas crueles, a caminar. Para ti era una etapa, pero para mí duró mil años. Finalmente fui deportista contra todo pronóstico. Ni la mejor matadora, futbolista o atleta, pero hice lo mejor que pude. Ser suplente no estuvo mal.

Los recuerdos más bonitos que guardo de nosotros no tienen nada que ver con volar cometa, palabras empalagosas o lugares de ensueño. Se ubican en los horribles y grises ochentas, cuando iba a tu ex trabajo en el Centro de Lima y caminábamos de la mano. Yo era la niña más segura del universo a tu lado. Corríamos entre huelgas de profesores, trabajadores, y respirábamos todo el caos de esos años, sin grandes charlas, casi en silencio, pero de la mano. Comer un pollo broaster, un menú o un helado de máquina del Jirón de la Unión, contigo, lo era todo.

Papá, yo nunca hubiese aprobado matemáticas, geometría, trigonometría sin tu ayuda. Era tan cruel que me levantes a las 4:30 am y con silbidos de la marina como si eso atenuase la flojera y mi furia por cortar mis sueños, porque yo sí soñaba. Pero había que llegar a la nota para aprobar, y gracias a ti, y a esas clases de amanecidas tan duras -donde yo sentía un poco de miedo y me iba revelando de a pocos-, llegaba la nota azul.

Recuerdo que me decías que tenía gran potencial para lo que quisiera, pero que era muy distraída. Que debía buscar cómo enfrentar eso. Tu solución era que usara fichas de cartulina para recordar las ideas principales. Y aquí me tienes. No puedo vivir sin apuntar en papelitos lo que debo hacer porque mi memoria lo olvida todo casi en una fracción de segundo.

Papá, solo leías los periódicos (de punta a punta), pero nos llenaste la casa de libros y me regalaste una puerta de escape a un mundo desconocido y fantástico que nunca pude dejar. Claro, fiel a tu estilo, todo vino de golpe con ilusión/desilusión. Era un diciembre de los ochenta y llegaron unas 15 cajas a casa, que mis hermanos y yo husmeamos todos los días imaginando los juguetes que tendríamos (yo, sin muñecas, quería un Chichobelo que nunca tuve. Mi hermana un payaso Tilín con discos que le llegó años después).  Pero oh, sorpresa, cada caja estaba repleta de libros y más libros. Entre los títulos estaban algunos de los mejores que leí en mi vida. Qué te puedo reprochar, papá. Los Viajes de Gulliver, La Isla del tesoro, Redoble por rancas, Crimen y castigo, La metamorfosis …. Y mucha poesía.

Viejo, la última vez que te vi me dijiste que tenías la edad de PPK y que tú estabas más lúcido que él, pero te apuesto que no recuerdes cuántos años tengo yo (el feliz cumple llegó siempre tarde, pero no te preocupes pues no me afecta). Esa vez me fui de tu casa pensando si yo era la hija que tú hubieses querido tener. No lo sé. De mi lado, debo agradecerte porque me enseñaste a ganarme la vida desde temprano. Porque me diste darme armas para salir adelante con honestidad. Ese es el regalo más valioso y poderoso que me has dado. No llegó envuelto en papel de regalo. Te vi día a día trabajar, sin vacaciones (ni un solo día, papá), hipotecando tu vida por nosotros. Y empezando desde cero una y otra vez.

Hoy, estoy más segura que nunca que la medida del amor (como yo lo entiendo), no es ni será nunca un regalito o la vida fácil. Aunque tengo la certeza que la vida pueda ser un lugar más cálido con más abrazos, tengo también la certeza que amor es compromiso sin firmas, sin declaraciones exacerbadas de cariño. Por eso papá, hoy que mi hijo tiene casi la edad en la cual yo partí de casa, siento que mi principal acto de amor será dejarlo partir, enseñarle a vivir y sobrevivir en este mundo maravilloso y oscuro a la vez. Impulsarlo a hacer de este lugar, y desde lo que él pueda, un lugar con un poquito más de luz. Tú me dejaste casi lista para partir. Y nadie me dijo que iba a ser fácil, especialmente tú. Pero cumpliste.

A veces me apena que mi vida y la de mis hermanos haya sido (sospecho) más importante que tu vida y tus sueños. ¿Es una regla padres / hijos? Luego pienso que lo que más te gusta es trabajar y respiro tranquila. Luego me digo, NO, eso es imposible. Y me reprocho no haberte preguntado hasta ahora cuáles son tus sueños. Lo que sí sé es que un día iré a buscarte y te abrazaré tan fuerte que no podrás creerlo, y te preguntaré por esos sueños, para ayudarte a cumplirlos, aunque sea un poquito.

PD: Creo que estas canciones de Al bano y Romina Power te gustaban. 

Arena blanca mar azul: https://www.youtube.com/watch?v=11GAT7kkxic

Felicidad: https://www.youtube.com/watch?v=iMKsmXPYG20


Escrito por

Cecilia Niezen

Periodista interesada en temas económicos, sociales y ambientales. Espacio para compartir información e ideas. @cniezen


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