¡Resiste!

Fuente: Internet

BIENVENIDA LA VIDA

(LOS ADIOSES)

“La esperanza le pertenece a la vida. Es la vida misma defendiéndose" (Julio Cortázar)

CECILIA NIEZEN

Publicado: 2016-11-11

Sorry Manuel Scorza por tomar el título de uno de los libros que más amo. Pero es lo más cercano a lo que siento hoy, primero de noviembre de 2016. Quiero despedirme de tanta gente. Despedirme de tantas cosas. Despedirme de una parte de mí. De la persona que ya no puedo ni quiero seguir siendo. Esa que se creía de hierro. Hoy me dije muy claro "stop que aquí me bajo". Seguro mi historia les será familiar. Claro, la intensidad con la que recibimos los hechos es lo que nos hace distintos. ¿Por qué escribo esto? Porque me libera, me resulta más fácil que hablar, y bueno, no quiero que a nadie le suceda.

Hace dos años, aproximadamente, la vida empezó a darme revolcones que no esperaba, pero también me dio cosas bastante buenas. No sé si decir "la vida empezó...." porque es como aceptar que una es un sujeto pasivo y no estoy de acuerdo con eso, pero creo que se entiende a lo que voy. Un día, por ejemplo, lloré literalmente de purita felicidad. No podía creer que todo esté tan bonito para mí. No estaba acostumbrada a esa especie de alineación astral. A los pocos días, lloraba de tristeza porque lo había perdido todo. Se fue la ilusión y de golpe. La vida nunca me ofreció la mesa llena. Tampoco la pedí, pero más allá de eso, creía que no la merecía. Pero por una vez, sentí que fluía como cuando haces el muertito y te dejas llevar por los tumbos del mar. Sentí que todo me llevaba a un lugar increíble, arrastrada por fuerzas naturales. Y me dije: “Ce, no puede ser, esto es demasiada felicidad. Gracias universo”.  

La felicidad duró poco. Estoy convencida de que la felicidad dura un instante y es la suma de esos instantes, pero lo que a mí me sucedió fue pasar del paraíso a una especie de infierno. Me sujetaba para no caer, veía el fuego bajo mis pies con pánico, hacía fuerza y tomaba impulso con mis manos para llegar a la superficie y no quemarme. Pero finalmente caí. Y es que yo no era tan fuerte.

En dos años había despedido a mi bebé, a mi hermana de la vida, a familiares, a amigos y amigas entrañables que ya no calzaban o yo ya no calzaba en sus vidas, a un novio que creí el amor de mi vida. Me alejé de las cosas que más me gustaban o que sabía que eran necesarias para mí: leer, nadar, bailar hasta más no poder, respirar y hacer que la vida entre en cada milímetro de mi ser, detenerme a mirar y oler el mar, tomar café por las mañanas con casi todos los periódicos. Y aunque a veces andaba de colores, creo que me volví una persona algo gris y solitaria. Amo la soledad, pero me refiero a otro tipo de soledad. Esa que hace que tengas a veces pánico de ir a un lugar, pánico de algunas personas, pánico de ciertas situaciones.

No me di cuenta de que estaba en el hoyo hasta hace relativamente poco. Mi cabeza, que siempre funciona a mil por hora, no iba al ritmo de mi cuerpo. Por decirlo de una manera simple: no pude levantarme de mi cama. Trataba, pero no sentía una pierna. La espalda no me permitía moverme ni para la izquierda ni para la derecha. Menos tomar impulso. Mi cabeza ordenaba que me levante, pero el cuerpo no respondía. En paralelo, tenía el corazón hecho mierda. Carajo, qué pasa, es lo que me decía. Y para no entrar en detalles, pues no revisé bien la máquina que es el cuerpo y le di casi a morir, relativicé el dolor físico y emocional. No hice duelos, solo seguía y seguía. No me di cuenta en qué momento mi ansiedad venció la razón y cuándo el desánimo superó el combustible personal que siempre, creo, me ha caracterizado.

Unos días antes de no poder levantarme, tuve alertas que ignoré o minimicé. Llegué caminando, como en cámara lenta, a la casa de una persona de mucha confianza a pedir ayuda porque me sentía muy mareada y el cuerpo me pesaba como un plomo. Yo pensaba que el mareo se debía a que no había comido bien el día anterior. Lamentablemente, en esa casa no encontré a nadie y me quedé sentada como una hora en la puerta porque no tenía fuerzas para moverme. Pero ni bien pude, bien terca yo, salí de ahí y seguí forzando mi cuerpo unas horas más porque tenía cosas ineludibles que cumplir. Terminé lo que tenía que hacer, pero ya no pude regresar a casa sola. Tuve que pedir ayuda. Pensé que era algo del momento, el estrés o el fuerte ritmo que creo, siempre me auto impongo, pero no. Me enteraba en esas horas, entre otras cosas, que mi hemoglobina estaba en 8 (poquito menos) y mis leucocitos en rojo. Tenía problemas en cada milímetro de mi cuerpo (y de mi alma).

Me dije: qué carajos me está pasando... no quiero ni puedo vivir así. ¿Me estoy muriendo? Pedí ayuda médica y me choqué con estos médicos que abundan en el espacio y que dividen el cuerpo de tu alma como si fueran entes distintos. Perdón, no te dividen en dos, te dividen en pedacitos. Tuve que salir de una emergencia porque estar ahí me enfermaba más. Lo que me curaba físicamente no me curaba el alma y viceversa.

Esto es lo que hice (y hago) para salir un poco a flote: TODO. Pensé en mi hijo, pensé en mis amigos, pensé en mi familia, pensé en los privilegios que tuve y tengo como poder estudiar y viajar. Pensé en que, bien o mal, puedo proveerme de los medios económicos y humanos para tratar de estar mejor. Pensé en quienes no tienen casi oportunidad de salvarse en un campo de batalla. Pensé en la terapia del renacimiento, en las constelaciones, en la psicología, en las pepas mágicas (como decía una amiga), en las flores de Bach, en la acupuntura y en la medicina china, en la reflexología, en mi espiritualidad (casi) perdida. Pensé en la Virgen María (parte de una iglesia que cuestiono). Pedí un milagro. Un amigo me dijo, reza y se te va a dar. Y yo recé, recé, recé. Todo sumaba. 

Hoy mi diagnóstico es tan complejo como fragmentado. De hecho, escribo sobre mi cama, con un pequeño corte en el ombligo. Pero sobre todo, escribo mirando en perspectiva lo que han sido estos años y cómo la tristeza pasa lento y se va transformando en la certeza de que lo que queda del camino será diferente. No me da vergüenza decir que estuve en el hoyo más profundo. Que no me cuidé. Que me expuse. Que sobrevaloré mi fuerza. Que confié demasiado.

Hoy (8 de noviembre), me alegra decir que todo está mejor que ayer. Que cada segundo es mejor que el anterior. Las mejores noticias son ir descartando males e ir encontrando técnicas y prácticas que me acerquen a mí misma. Hoy la prioridad soy yo. 

Hace poco, podía tomar una cerveza en el lugar que más me gustaba, pero mi sonrisa no era mi sonrisa. Yo era un remedo de mí misma. Una falsa caracterización de Ce. Creo firmemente que la próxima cerveza que tome será diferente. Tal vez sea una de las mejores de mi vida. No es cliché. Es así como lo siento.

Y mis reflexiones son las siguientes, y espero humildemente que si algunos de ustedes ha pasado por algo similar o pueden reconocerse en esta parte de mi vida, les sirvan. No puedes cambiar nada en el mundo si tú primero no estás bien (cuerpo, mente y alma). No somos culpables. Hay cosas que suceden porque tienen que pasar. Debemos saber decir basta. Reconocer que hay gente buena pero también gente que no es tan buena. Debemos aprender a soltar lo que está en este mundo y lo que ya no está. Soltar no es decir adiós. Es decir gracias. Es más importante el camino que la meta. Debemos conocernos. Explorar en lo más profundo de nosotros, quiénes somos y qué bloquea nuestra energía. Equivocarnos y aprender. Asumir nuestras responsabilidades. Pedir perdón cuando tenemos que hacerlo. Dejar de pedir explicaciones a otros. Más importante es entender por qué tomamos ciertas decisiones. Ser pacientes. Dejar que el tiempo también haga lo suyo.  Cuidarnos. Disfrutar. Vivir. Sanarnos. Dar gracias.

Tengo mucho más que agradecer que lamentar. Le doy gracias a esa señora que me abrazó tan fuerte, un lunes de octubre, como si yo fuera su hija. Le doy gracias a personas en la calle que no conozco ni conoceré, pero no sé por qué (tal vez los astros alineados otra vez), me miraron a los ojos cuando los míos estaban un poco perdidos. Le doy gracias a las personas que entienden, sin verte como un bicho raro ni pedirte explicaciones, lo que es un shock emocional y lo errática que puedes ser en esos momentos. En fin, gracias, gracias y gracias vida porque el camino se abre y pronto estaré lista para seguir recorriéndolo con pasión.

Y lo último, y más cursi, porque así soy, no hay que perder nunca la esperanza. Esto lo tomé de Julio Cortázar: “La esperanza le pertenece a la vida. Es la vida misma defendiéndose”. Por eso, hoy podrá ser, en parte, el día de los adioses. Pero también es el día de las bienvenidas.



Escrito por

Cecilia Niezen

Periodista interesada en temas económicos, sociales y ambientales. Espacio para compartir información e ideas. @cniezen


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